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Mensaje por Samuel García el Sáb Jul 11, 2015 3:02 am




D A T O S ✝ G E N E R A L E S

Nombre completo: Samuel García.
Edad: 16 años.
Grupo: Enfermos.
Enfermedad/Otros: Esquizofrenia (hebefrénica).
Grado: Controllati.
O. Sexual: Asexual.
Played by: Okumura Rin - Ao No Exorcist.



D E S C R I P C I Ó N ✝ P S I C O L Ó G I C A



Puedes pensar lo que quieras de alguien con semejante trastorno, pero lo que pienses no logrará ni medio borrar la dulzura que es este chico. Vive en su propio mundo, donde todo puede llegar a tener su lado bueno y algo alegre de lo que pueda aferrarse. No es difícil verle contento, riendo y saltando por allí con una energía que nadie sabe de dónde logra sacar. Tiene el cuerpo de un adolescente, pero cualquiera pareciera estar viendo a un niño.

Y no están demasiado equivocados. Inocencia, dulzura y siempre una buena disposición, son rasgos que le dan un arduo contraste con el estereotipo de quien suele estar internado porque su cabeza ya no funciona como debería. Pero créeme, para él el sol cada día puede salir, para él no sobra un pequeño gesto de buena fe, y en su mundo el afecto es algo de primera prioridad. Es parecido a un perro, ahora que lo pienso. Si la tuviera, movería la cola solo porque está feliz de ver a alguien a quien aprecia, jugar es de sus actividades favoritas, pero principalmente, es una bolita de amor que deja encantado a quien se tome el tiempo de conocerle bien.

A simple vista, uno no creería que necesitara más que un par de golpes de la regla para que fuese un adulto completamente funcional y útil para el sistema. Más bien, yo creería lo contrario. Desde pequeño fue, prácticamente, adiestrado para ser obediente. Samuel recibe bien las órdenes y casi nunca levanta la voz. Es un niño modelo en varios sentidos, la gente a su cargo no suele tener mayores inconvenientes por “mal comportamiento” o algo similar. Ese par de golpes de la regla que decía, no son necesarios, solo una orden y una reprimenda y lo tienes en su lugar.

Pero no está ni cerca de ser “alguien funcional”, alguien que el mundo de los adultos necesita tan desesperadamente. Samuel vive, realmente, en su propio mundo, inaccesible, imperturbable y lleno de malos (o quizá mejor llamados, poco sanos) hábitos. A veces intentar conversar con él puede significar perder el tiempo, pues se desconecta a media oración y termina pensando en el pan con jalea que desayunó esta mañana. Primera característica que denuncia su “particularidad”, no actúa “normalmente” en las situaciones sociales. Ah, quizá también “pensar de manera clara” se le dificulte un poco, porque a veces su cabeza se llena de imágenes que pueden o no tener mucho que ver con lo que en un principio pensaba. Se va por las ramas, divaga, se desconecta muy a menudo y pareciera dejar, por un momento, de ser ese tierno e hiperactivo niño que suele ser.

Aunque, aún queda una cosa que debería aclarar. ¿Por qué necesita ser vigilado, controlado? ¿Por qué llegó a ese rango? No es como si Samuel fuese peligroso. Si alguien te metió el estigma de que todo esquizofrénico sería un potencial asesino, este chico demuestra que a veces pueden no querer ni lastimar a una mosca. Es... principalmente, por el riesgo que representa para sí mismo. Por lo frágil que esa faceta de niño bueno puede llegar a ser. Resulta penoso lo delgada que es la línea entre lo estable e inestable en él, penoso cómo un manojo de amor se dispara, sobrellevado por viejos recuerdos y viejas emociones, un frenesí de dolor que, por más que intente, a veces no puede contener. Es el miedo de lo que más tiene miedo, por redundante que suene, pues es ese miedo el que lo ha llevado a ese rango, un miedo profundo a... algo que ni siquiera él sabe bien qué es.

Quizá ni siquiera sea real ese miedo. Pero así funciona su cabeza. Sus emociones pueden dispararse sin un gatillo real, volver a sentir un terror real por la vida y todo en ella, para Samuel, no requiere ver cara a cara al monstruo que se oculta bajo su cama. Lo poco que distingue entre lo real e irreal puede ser más que suficiente para ello. Hace tiempo ya que no intenta distinguir si lo que oyó fue su pensamiento o su voz, si lo que vio fue la sombra o la persona, su cabeza ya está bastante atosigada de imágenes irreales y creencias delirantes, que ya no es capaz de repetirse “esto no es real”. ¿Me captas? ¿Te enredaste como Samuel lo haría?

Lo diré un poco más simple. La esquizofrenia no es un chiste. Si bien Samuel quiere estar bien, hay mucho en él que se lo impedirá por un largo tiempo. No puede pensar como cualquier persona lo haría, no percibe el mundo como cualquier persona lo haría, y sus emociones son las que sufren las consecuencias de ello. Puede llegar a sentirse muy distante de ser una persona real, en ese tiempo y lugar, de tener memorias claras o de estar sintiendo cosas reales, y es ese miedo lo que lo vuelve alguien peligroso para sí mismo. Intentar estar seguro de que eres real, de que hay cosas reales a tu alrededor, puede no siempre estar acompañado de las más inocentes acciones... algo que una que otra cicatriz podría denunciar.

Samuel es un manojo de amor y dulzura. Quizá tenga la cabeza hecha una mierda, pero le encantan los abrazos, así que no te sientas mal de pedirle uno. Creo que eso lo resume bien.


D E S C R I P C I Ó N F Í S I C A



Aún es un adolescente, es evidente en realidad, pues sus facciones aún lucen sin un acabado lo suficientemente anguloso. Tiene la cara ligeramente redondeada, aunque su mentón ya se nota más maduro, nariz redondeada y mejillas ni rollizas ni delgadas. En ese rostro, se alojan un par de ojos lo suficientemente azules para emular el mar, y si no es en ellos, es en toda su expresión que se hallan unas emociones muy evidentes y potentes. Créeme, no cuesta nada saber cómo se encuentra Samuel el día de hoy. Ah, un pequeño detalle, sus mejillas suelen lucir un pequeño rubor, apenas distinguible, pero vale la pena mencionarlo.

Su cabello, santa madre de dios, alguien enséñele a usarle un peine. O bueno, ahórrense las molestias, no lo haría. A leguas se nota que su melena oscura y (curioso) ligeramente azulada, se mantiene desordenada, con un mechón aquí y el otro allá, además de que no ayuda el que se lo corte poco. Ha llegado a crecerle lo suficiente para rozarle el cuello y ocultar casi toda su frente. Solo no lo hace porque el flequillo se le agrupa en unos mechones que a veces juega a sacudirlos. Su cabello está genéticamente diseñado (mentira) para ocultar sus orejas, pues estas tienen una extraña particularidad: se alargan en una punta. Es algo extraño y cuando pequeño le habían molestado tirándole las orejas, así que lo oculta con su cabello.

Un par de detalles rápidos: Samuel, si bien es blanco, no es pálido, aún lleva un tono algo rosáceo en su piel, la cual, por cierto, no es la tersura en vida pero tampoco una lija. En realidad, su cuerpo es bastante “regular” para un chico de 16 años, una estatura de 1,67 metros, pies y manos de proporciones correspondientes y dientes blancos, siendo su particularidad los caninos ligeramente afilados y prominentes que le hacen pensar que en una vida anterior fue un perro (ni siquiera yo distingo si lo dice de chiste o en serio).

Hay varias cosas en él para parecer “lindo” o “atractivo”, hasta que te lo topas sin camisa. Si esperabas bíceps torneados o un torso firme, creo que sería una posibilidad si es que tuviera la suficiente carne. Más bien, Samuel es delgado, pero en extremo. Brazos delgados, con poca grasa y poco músculo, abdomen plano, pero por no haber comido bien, hombros anchos, mas son puro hueso, y una muy marcada línea del final de sus costillas. Es preocupante para varios su peso de 48 kilos, siendo que el promedio debería estar por los 60 kilos, pero Samuel siempre responde que “no tiene tanta hambre”. Qué bueno que no tiene cicatrices (que sean TAN notorias) para agregar al paquete.

Samuel es lindo, a mi parecer, quizá alguien más piense igual que yo, pero su físico es preocupante. Y es solo la punta del iceberg con él.


H I S T O R I A



García es un apellido bastante común, en España, pues en Italia resulta incluso discordante, pero eso no había impedido a un matrimonio de ese apellido mudarse hasta Roma para tener una familia. Diego, Mercedes y Samuel serían los hijos que concebirían, siendo el tercero el protagónico de la historia que contaré a continuación.

¿Quiénes eran este hombre y esta mujer? ¿Te importa acaso? Porque a Samuel nunca lo hizo. Desde que su memoria funciona, es incapaz de evocar la imagen de aquellos que le dieron la vida, pues habrían fallecido en un trágico accidente automovilístico cuando tenía 2 años, su hermana 8 y su hermano 10. Básicamente, sus memorias comienzan en el hogar de niños al que había sido llevado, con una rutina una que otra vez interrumpida por una entrevista de adopción con Diego y Mecha al lado. Podía no ser el chiquillo más listo, pero algo sí sabía y era que ni sus hermano ni él querían alejarse el uno del otro. O los adoptaban a todos, o a ninguno.

Quizá por ello, a pesar de poseer brillantes ojos azulados y una tierna sonrisa, Samuel no encontró hogar pronto. Quizá, le decían, era la presencia tan pesada y ligeramente amenazadora que Diego poseía. Quizá era porque nadie querría “un pack tres en uno”, por decirlo de alguna manera, por ridícula que suene. Unos muchos otros decían que Mecha y sus ojos felinos perforaban a cualquiera hasta dejarlo sin lengua. Sin embargo, había quienes decían que Diego y Mercedes sí eran quienes para ser adoptados; Diego con unos ojos almendra y un discurso templado y rico dejaba encantado a muchos adultos, y Mercedes a veces no temía en mostrar una faceta muchísimo más amable de lo usual, mas la “extraña” cabeza de quien tenía que acompañarles borraba esa imagen en menos tiempo del que me toma tronar los dedos.

Sí, “extraña” cabeza eran lo que algunos decían. Samuel no lograba comprender con exactitud a qué se estarían refiriendo. Pero estaba acostumbrado. Escuchaba constantemente cosas que no lograba comprender. A veces ni escuchaba, solo oía. Como a aquellos doctores que le habían venido a ver una vez. De ese encuentro solo lograba destacar la palabra “esquizofrenia” y más nada, parece que no había prestado mucha atención, pero no le parecía muy relevante. Solo que desde entonces toma una pastilla cada cierto tiempo y si no lo hacía, Mecha se enojaba. No quería causar problemas, así que lo hacía.

Mientras el tiempo seguía pasando, ambos hermanos crecían, aprendían y seguían yendo a entrevistas. Eso habría sido hasta que Samuel tenía, digamos, 9 años y medio. Diego cumplía los dieciocho y había querido hacerle un regalo, pero no había sabido qué hacer, así que le halló con las manos vacías cuando Diego y Mecha le explicaron en detalle lo que significaba aquella edad. Tener 18 años, ser, finalmente, un adulto ante la ley y ante la gente. Poder vivir tu propia vida. No tener que ser cuidado por los servicios del estado. Llevar la custodia de un niño. Muchas cosas, Samuel rescataba unas y otras las perdía en conjunto con su atención, pero sí logra recordar bien cuando le había dicho:

— Significa... que podemos irnos de aquí. Tendremos nuestra propia casa, Mecha, tú y yo, podremos vivir sin tanta gente, dormir a la hora que se nos plazca, preparar nuestra propia comida... ¿Te parece?

Creo que si hubiese tenido que responder algo, hubiera sido “No lo sé.” Sinceramente, no sabía qué pensar ante ello, pero Mecha y Diego lucían bastante esmerados en la idea, así que prefirió asentir lentamente con la cabeza. Trámites largos y aburridos de papeleo que preferiría no detallar (sobre todo porque no sé cómo funcionan) lograron que los tres hermanos salieran finalmente de aquel hogar, para que pudieran vivir sus propias vidas lejos de allí.

Supongo, entenderás, los problemas vinieron rápido. Mecha tenía 15, a punto de cumplir 16, mientas que Diego ya tenía 18, así que ambos se dedicaban a trabajar tanto como pudieran, pero Mercedes y Samuel tenían aún que estudiar, y los tres tenían necesidades básicas que suplir: todos tenían que comer, usar agua potable, tener ropa, implementos útiles, la renta de la casa, entre otras cosas. ¿Cuál es el resultado de esta difícil ecuación, profesor? Claramente, solo uno: Los que podían, trabajaban tanto como sus cuerpos se lo permitiesen.

Pero eso no dejaba de ser difícil. Entre tantas cosas que pagar, Mercedes y Diego trabajaban... en extremo. Samuel veía a sus hermanos decayendo progresivamente... como si hubieran tenido que sentarse en una silla dejando que les arrancaran días de vida por un tubo. Mecha tenía ojeras, el cabello ligeramente descuidado y se mostraba a veces muy irritable. Diego caminaba en ocasiones bamboleante, bajo sus ojos se notaban las bolsas negras, incluso Samuel llegó a temerle un poco a aquella voz gutural que emitía cuando estaba particularmente agotado.

Pero seguían. De un modo que el chico jamás comprendía, seguían adelante, trabajaban duro, ganaban el dinero e incluso trataban de criar bien a Samuel; hablar con él, preguntarle por la escuela, pasar el tiempo con él. Samuel quería ayudar, pero no había muchas maneras en que pudiese hacerlo. Así que trató de causar la menor cantidad de problemas posible. Trataba de prestar atención, no ser irrespetuoso, ofrecer ayuda en tareas básicas si es que podía, algunas cosas más difíciles que las otras, sobre todo con “una mente extraña” como sus compañeros a veces no parecían aburrirse de repetir.

El mundo de Samuel, desde edad temprana era muy pequeño. Pero su hermano y hermana le eran preciados, los quería más que a nada, y si había algo que pudiese hacer por ellos, lo haría sin cerrar los ojos.

Pero, repito, no había mucho que hacer. Unos años pasaban más rápido que otros, pero todos consistían en lo mismo. Trabajo, deudas que se empezaban a acumular y Mercedes y Diego parecían estar agotando sus baterías. Luchaban arduamente por rangos más altos, por más dinero por menos horas, pero ninguno tenía estudios universitarios, ninguno era un maestro en su área, solo dos jóvenes adultos con una “última voluntad”, si así podría llamarse, de darle todas las oportunidades posibles a su hermano menor.

Samuel a veces sentía que era su culpa. Que todo esto, ese gran deseo de poder salir y vivir “en libertad” había sido porque habían querido darle otra vida a él. Le preocupaba ser la causa de que sus hermanos se encadenaran tanto. Y a ellos les preocupaban las palabras de los médicos que visitaban cada mes. Fue la primera vez que Samuel se enteró de que Diego se había pasado la noche en vela en el trabajo, cuando los doctores les dijeron a él y a Mecha que la esquizofrenia de Samuel empeoraba. Y si querían mantenerla a raya para que pudiese “mantenerse bien”, tendrían que comprarle otras medicinas. Otras más costosas.

No se liberaban de la eterna carrera contra el dinero. Se rezagaban cada vez más.

También, desde eso habían empezado unas severas peleas entre Mecha y Diego. Cada uno argumentaba saber mejor cómo distribuir el dinero, cada uno se preocupaba en extremo de cuántas horas dedicaba el otro a trabajar, entre otras cosas. Pero gritaban. Y a Samuel le incomodaba en grados extremos. Bastaba con que se oyese el primer grito y pasaba de un éxtasis por estar viendo su show favorito a un miedo profundo y dolor en el corazón. No quería eso, en lo más mínimo, pero no podía hacerles parar. No había forma. Ni porque ellos estuviesen dispuestos ni porque Samuel pudiese forzarse a intervenir. Solo se enrollaba en mantas y trataba de conciliar el sueño entre temblores y ansiedad.

Había mucho que no lograba comprender. Quizá se había desconectado más de la cuenta o quizá no se lo contaban. ¿Por qué se peleaban tanto últimamente? ¿Sería por el trabajo? Nunca había querido escucharlos, le daba miedo. Pero si el trabajo lo causaba, ¿por qué no renunciaban? ¿Siquiera qué trabajo tenían que les drenaba la vida como una aspiradora?

¿En qué trabajaban?

Lo había intentado preguntar, otro día que Diego no había vuelto a casa y estaba solo con Mercedes. Solo que no se esperaba que, al hacer la pregunta, Mercedes súbitamente soltara prácticamente todo lo que sostenía entre sus brazos (por suerte eran elementos de cocina y no había un cuchillo o algo hirviendo entre ellos).

Respuesta, no había obtenido. Mecha había cambiado de tema tan rápido como pudo, incluso si Samuel insistía, ella no respondía. Lo evadía con frases como:

— Sam, realmente no quiero hablar acerca de ello.

— Pero quiero saber. ¿Qué hacen en el trabajo?

— Si quieres podemos ver... una película, luego de cenar.

— No tengo ganas. Quiero saber en qué trabajan.

— ¿Cómo te ha ido en la escuela?

— ¿En qué trabajan?

— ¡SAMUEL CÁLLATE POR EL AMOR DE DIOS!

Fue la primera vez que Mecha le había alzado la voz. Normalmente... era bastante templada, pacífica y maternal con él. Recordaba haberse quedado dormido oyendo una canción de la misma voz que le gritaba, pero en ese entonces, su expresión distaba por kilómetros de lo que era ahora. Mecha lucía... como si le hubiera amenazado. Si hubiera sido una loba, habría enseñado los colmillos, habría gruñido intentando protegerse, pero no necesitaba pelaje, ni garras, ni gruñidos para dar miedo. Y ahora Samuel lo sabía. El grito le dio un golpe directo al pecho y esa mirada solo le dio ganas de llorar.

Había salido corriendo a su habitación y no había hecho caso cuando Mecha había ido tras él, disculpándose, ofreciéndole comida o incluso cantar para él. Samuel estaba... aterrado. Se aferraba tanto a sus propias muñecas que en un momento llegó a sentir el hormigueo de la poca circulación que permitía pasar. Clavaba sus uñas en las palmas y el dolor llegó a tal punto que se mezcló con una gota de sangre. Y de sus ojos no dejaban de correr lágrimas.

No volvió a preguntar jamás eso. Ni a Diego ni a Mecha. De hecho, el miedo que le provocaban esos gritos se extrapoló a un punto que a ambos hermanos les dolió: Samuel empezó a evitar hablar con ellos. Sentía que, si lo hacía, solo le gritarían. Aún cuando ellos intentaban hablarle dulcemente, se apartaba y alejaba antes de que algo les hiciera explotar. No lo notaba, pero alternaba muy rápido su alegría con el miedo. Se disparaban sin que él lo pudiese controlar, siempre relacionado a los ruidos fuertes. Los gritos, los golpes a la mesa o a la pared, un chillido de uñas contra la pizarra resulta ahora mucho más para Samuel que para cualquier otro niño. Era como un gatillo para que sus emociones perdieran rumbo.

Las medicinas no son en ningún caso un brebaje milagroso, solo contenían el torbellino que pronto sería.

Y hasta los 14 años, ese torbellino no terminaría de desatarse. Mecha tomaba turnos hasta horas ridículas, pero no se comparaba a Diego, quien prácticamente no se le veía en casa. Quizá llegaba en las horas que Samuel pasaba en la escuela. Quizá ni siquiera se pasaba a menos que fuera para dejar el dinero. No me malentiendan. Que Samuel evitase hablarles, no significa que no los quisiera. Aún lo hacía. Aunque les tuviera miedo a sus gritos, había algo en ellos que seguía marcándoles como su hermano y hermana mayor. Así que le dolía el que se estuvieran martirizando a tal grado.

Hubo un día en que Diego sí llegó a casa para la cena (que, por cierto, Samuel había tenido que preparar para sí). Por un lado, era un gran alivio verle por fin, luego de dos semanas que ni siquiera había tenido contacto con él. Por el otro, casi le da un ataque al verlo cara a cara. Se encorvaba, como si no soportara su propio peso, sus ojos estaban rojos y vacíos, no podían ver nada, y había parches de su atuendo negro que lucían un tono más rojizo, de la sangre que estaba derramando.

Si alguna vez Samuel supo algo de primeros auxilios, era el momento de usarlo como pudiese. Intentaba torpemente cubrir las heridas, detener el sangrado y de paso darle algo de comer, porque, en serio, parecía necesitar todo eso de inmediato. Diego estaba demacrado y de una manera muy mala. Pero los detalles son algo que, en la mente de Samuel, se vieron omitidos. No lo culpes, pronto sabrás por qué. Solo diré que conversaron un poco, lo poco que podía, y Samuel hizo una pregunta que a Diego le hizo colapsar.

— ¿Has sabido algo de Mecha? No la he visto desde ayer y estoy preocupado...

Era cierto. El día anterior había estado completamente solo. Si hubiese vivido una asistente social en la casa de al lado, quizá ya hubiese estado en camino otra vez al orfanato por eso, pero no fue esa su suerte. Solo se quedó terriblemente preocupado de no ver a nadie de su familia durante el día. Creyó que Diego podría saber algo. Pero respuesta no tuvo, solo... un amargo llanto de quien, creía, era el hombre más fuerte sobre la tierra.

Devastador, eso fue, ver a su hermano llorando así fue devastador. No tuvo ni el coraje para preguntar por qué.

Al menos Diego se quedó durante la noche para dormir. Había caído rendido en su cama como si no hubiera visto una desde hace eras. Fue agradable, en cierto modo, tenerle de vuelta en casa, Samuel pudo conciliar un poco más fácil el sueño. Aunque Mecha ya no se hubiera pasado por casa hoy. ¿Habrían cambiado el rol de quien se pasa la noche trabajando? Quizá, pero no quería pensar en ello.

A la mañana siguiente, no se despertaría por su usual despertador y por la necesidad de comer algo para romper el ayuno. Se despertaría por lo que todos los niños se emocionan por oír, a menos que esté al lado de tu casa y los ruidos muy fuertes te aterren.

La sirena de la policía.

Fue todo muy rápido, un flujo de escenas en cámara rápida de la que captó... demasiados detalles. Samuel corriendo afuera, aún en pijama, para ver qué ocurría. Su hermano corriendo. Policías entrando a la fuerza a la casa. Todos los policías encima de su hermano. Otros más atrapándolo a él. Y gritos. Muchos gritos. No solo de Samuel, quien, por una vez pudo gritar y forcejear (aunque fuese inspirado por un miedo más profundo de lo que jamás hubiese sentido), sino de Diego.

— SI LE HACEN ALGO A SAMUEL, JURO QUE ME LOS COMO EN VIDA.

De allí, no recuerda más hasta la noche, que por cierto, también estuvo llena de gritos. Pero esta vez, solo de Samuel. Desesperación en su máximo estado por querer salir de la celda negra y fría en la que lo retenían. Gritos llenos de lágrimas que desgarraban su garganta, llamando a las únicas personas que podían y a la vez no podían ir en su ayuda. Jamás había ansiado tanto ver a sus hermanos otra vez. Pero no vinieron. No podían.

Estaban algo ocupados enfrentándose a sus deudas que les habían caído en cara. No, no porque el viejo barrigón ya no les tolerase una renta atrasada. Eran mujeres que habían perdido a sus maridos a manos de Mecha y Diego.

Ese era el trabajo del que no habían querido hablar, pero ahora Samuel se enteraba de todo, mucho más rápido de lo que podía procesar. Su hermano y hermana habían hecho cuanto podían por ganar su dinero en honradez, mas no había sido ni remotamente cercano a lo posible. Se habían quedado cortos en un abrir y cerrar de ojos y la realidad les golpeó demasiado duro. Si Samuel no se enteró de aquella crisis es porque sus hermanos habían dedicado todo el poco dinero que tenían para él.

Habían necesitado otro medio para obtener el dinero para vivir los tres y no pudieron conseguirlo de otra manera que por el bajo mundo. Diego era fuerte y con una presencia amenazadora, no tardó en volverse un buen sicario y en cobrar su primera víctima antes de cumplir 20 años. Mecha no quiso ceder jamás a venderse a ella misma y prefirió tomar roles en el mundo del tráfico de drogas. Aparentemente era bastante preciada por su habilidad para cortar lenguas y miembros sin remordimiento visible. Ambos habían hecho cosas horribles para tener dinero. Y ambos colapsaron cuando volvieron a notar que no era suficiente.

Mercedes decidió trabajar horas extra y dejó de pasarse por la casa hasta la noche. Diego dejó de comer y dormir para ganar más dinero que enviar a la casa.

Mercedes no había sido capturada, no se conocía su paradero. Diego, por su parte, ahora enfrentaba cargos por homicidio en primer grado, extorsión, robo a mano armada y canibalismo.

Sí, canibalismo. Eso fue lo que más generó shock en la cabeza de su hermanito menor. No le importó ser sospechoso de cómplice, haberse enterado de todo fue... demasiado. Colapsó en un mundo de horrores allí mismo, en el interrogatorio y no dejó de gritar hasta que le cerraron la boca a la fuerza.

Desde allí, no se mostró colaborador en el más mínimo de los sentidos. Estuvo 3 días siendo investigado, y los tres días se los pasó en la misma celda, llorando, gritando, en un frenesí que no pudo controlarse. Sus pesadillas se trataban de sus hermanos en medio de ríos de sangre, una vez siendo Samuel su víctima, llegó a un punto en que no diferenciaba si lo había visto o solo soñado.

Perdía la línea que diferenciaba lo real de lo irreal, poco a poco dentro de esa celda.

Habrían llegado a la conclusión de su inocencia al 4to día, así que lo sacaron de su celda hecho un reverendo estropajo de adolescente. Y claro, no podían llevarlo de vuelta a su casa sin un adulto que le cuidase, así que le tuvieron que llevar a un orfanato. Ah, ¿el mismo donde vivió su infancia? Nah, hubiera sido así si es que estuviera abierto. Así como me leíste, el orfanato que le había criado por años había cerrado sus puertas, solo quedaba el edificio pronto a ser demolido.

No fue un viaje demasiado largo. Quizá una hora, pero finalmente llegó a un lugar en que hasta el día de hoy ha permanecido. San Redentore es el nombre, fue a parar directamente al orfanato del lugar. No parecía malo, de hecho el edificio lucía muy bonito. No creyó que fuera un mal lugar para vivir.

Pero para alguien con la fragilidad de Samuel, pronto se volvió un infierno. Los niños más pequeños no paraban de gritar jamás, los más grandes amaban causar miedo y las monjas que le atendieron no parecían demasiado interesadas en su vida. No se asemejaba en nada, en lo más mínimo a haber vivido con Mecha y Diego. ¿Es extraño el extrañar a sanguinarios criminales? Aún si lo fuera, era, por un lado, mil veces mejor vivir con ellos, y por el otro, seguían siendo su familia. Una familia a quienes ya no tenía cerca, a quienes extrañaba severamente y existía la posibilidad de que jamás volviesen a ser una familia...

Fue doloroso intentar aceptar eso. Aún si existía ese lado optimista en Samuel, el terror seguía asechándole y no podía dejarlo atrás. Si había algo en él que aún lo mantenía cuerdo, era propenso a perderlo, pues ya confundía severamente lo real de lo irreal, su imaginación de lo tangible, y eso le asustaba. Sus pesadillas se habían vuelto frecuentes, las tenía cada cierto tiempo y le impedían dormir con normalidad, e incluso la comida dejó de parecerle algo que pudiese meterse a la boca.

No sabía cuánto le estaba afectando el no haber tomado su medicina tanto tiempo, pero a los 15 años sus síntomas llegaron a afectarlo en el nivel que los médicos le habían predicho. Dificultad para mantener sus hábitos, habilidades sociales deficientes, pensamientos poco claros y empezaba a rozar las alucinaciones. Ni siquiera quiero hablar de los delirios que habían comenzado ya hacía mucho tiempo.

Ese orfanato le resultó lo suficientemente tóxico para lograr que todos lo notaran. No llevaba demasiado tiempo en ese lugar, pero ahora incluso las monjas sabían de su “extraña cabeza” y no tardó en llegar a oídos de los psiquiatras. Cuento corto: Apenas teniendo 16 años, Samuel fue diagnosticado con una muy avanzada esquizofrenia y fue sometido a control para evitar mayores progresos. Muchas monjas le miraron con lástima el día de su traslado al edificio vecino, con miradas que decían “pobre chico, es tan joven y ya se deformó tanto.” Lucía como si Samuel hubiese traído malaria y recién hubieran logrado salvar sus traseros de él. Pero no había nadie que le despidiese con afecto del orfanato, ni quien le recibiera en el psiquiátrico con buenos deseos.

Sin sus hermanos para brindarle apoyo, sin un amigo al que recurrir, Samuel está completamente solo. Se esconde en sus dibujos y coloreados, intenta lo más posible no quebrarse al temor, pero cada vez le es más difícil. Y, conociendo el lugar en el que lo han abandonado, dudo que se recupere pronto. Mis mejores deseos al chiquillo, que Dios... Que Bythel se apiade de él.


E X T R A



— Si no debe, no hay manera en que se siente en una silla de manera correcta. Estará de cabeza, con los pies encima de la mesa, abrazando la silla, etc.
— Samuel tiende a evitar comer cualquier clase de carne desde que se enteró de lo que Diego hacía. Tiene la creencia de haber ingerido carne humana que él le dio y ahora la carne en general le da asco.
— Adora tanto hacer deporte afuera como quedarse adentro mirando por la ventana, pero normalmente necesita estar haciendo algo.
— Tiene malos hábitos alimenticios y de sueño. Suele dormirse y despertarse a horas inconvenientes y comer poco, producto de uno de los síntomas de la esquizofrenia. A veces incluso puede olvidar ducharse.
— Le encanta pintar, sea con los dedos o con lápices o con pincel y pintura, lo adora. Suele pedir libros de coloreado para divertirse en su habitación.
— Cualquier lugar será mejor que aquí. Cualquier tiempo será mejor que ahora.


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Mensaje por Giovanni Hannegan el Sáb Ago 15, 2015 6:37 pm

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