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Mensaje por Elliot Kirchner el Dom Ago 16, 2015 9:38 am

Las cosas son siempre iguales, siguiendo con la misma monotonía que poseían desde el inicio, no cambian por mucho que el mundo gire, como mucho solo pueden llegar a ser modificadas levemente para engañar a los humanos ilusos; esa era una de las cosas que Elliot odiaba de la vida, el mismo patrón que se repetía constantemente. Si bien, hacía poco tiempo que había ingresado al psiquiátrico ya todo se volvía molesto y aburrido, después de todo solo se encontraba encerrado en una desagradable habitación. Deseaba poder estar al aire libre, hacía tiempo que su pobre ser no recibía mayor luz del sol mas que aquella que se colaba tranquilamente por las pequeñas ventanas del lugar pero que no eran suficientes para satisfacer el capricho del interno. Tras esto, el hombre dejó escapar un largo y profundo suspiro, siendo seguido de una sonrisa discreta pero que mostraba levemente sus dientes. Se levantó de la incómoda y desgastada cama con la intención de acercarse a la puerta de aquel pequeño espacio — Hey... ¿Puedo salir al jardín?... Realmente me siento mal aquí dentro — Lo que decía en ese momento era cierto, tan solo deseaba poder sentir la brisa y el calor del sol, no haría nada más que eso. Poseía unas enormes ojeras y bolsas bajo sus ojos a causa de las horas de sueño perdidas, al parecer se le estaba dificultando dormir tranquilamente debido a molestas pesadillas, pero como era costumbre en él, prefería no darle mayor importancia.

Al otro lado de la puerta, el encargado accedió a la petición del hombre, había tenido una buena conducta desde que entró y podría darle el permiso. El pirómano observó como la puerta se abría y no pudo evitar ensanchar aquella sonrisa, después de un tiempo podría ver de nuevo el mundo exterior pues, desde que lo encerraron fue mantenido en esa habitación por ser considerado como alguien "peligroso" al momento de entrar, pero él solo se dedicó a mostrar su mejor fachada para confundir a los trabajadores y evitar así quedar atrapado en un lugar mucho peor. Ya de  por sí era molesto estar en ese espacio, no podía imaginar que sería encontrarse totalmente encerrado bajo llave, bueno, eso era lo que cruzaba por su mente cuando se referían a "la jaula de los leones", un espacio completamente oscuro del cual no podría escapar, aunque no negaba que en el fondo le causara curiosidad. En la semana que llevaba interno en ese lugar podía decir por los rumores que al sitio por el cual se referían por ese nombre no era más que la tortura más horrible, aunque bueno, eso habría que verlo.

Afortunadamente todo salía bien y logró dejar esa habitación, ahora se encontraba caminando por los pasillos del primer edificio con la finalidad de llegar a las áreas verdes del lugar, estaba algo feliz por dejar de lado aquellas cuatro feas y tétricas paredes de la habitación mientras deseaba poder sentir un ambiente diferente — No es necesario que estés conmigo, solo quiero estar en la tranquilidad de un espacio libre... — Musitó con seguridad inmersa en sus palabras, girando sobre sus pasos para mirar directamente al trabajador que solo se alejó del sujeto pero aun así manteniéndolo en la mira hasta que llegara al exterior de la edificación, pues allí la seguridad era mayor. Una vez llegó al lugar extendió sus brazos para recibir la suave briza que movía y despeinaba un poco sus cabellos. El jardín estaba bastante vacío, en comparación a lo que habría imaginado, apenas se podía ver en los alrededores a unos que otros enfermos o empleados quizás se deba a que aun era de mañana. Como fuera, eso no era de mayor importancia para él y solo se preocuparía en su propia satisfacción.

Caminó un poco hasta conseguir un lugar lleno de grama en la cual no dudó en lanzarse. Una vez acostado podía tener mayor visibilidad al inmenso cielo azul que reinaba con fuerzas esa mañana — ¿El cielo... Siempre tuvo este tono? — Pensó en voz alta, mas que todo para sí mismo pues consideraba que estaba algo alejado del resto. Pensaba que el color del cielo ahora era algo más... Desanimado y triste de cierta forma, ahora solo tenía color y no reflejaba aquella calidez propia con la cual solía llevarse muy bien hace muchos años, era algo complicado de describir para él pero pues, podría ser posible que eso solo fuera una mera creencia suya. Cerró sus ojos por un rato, dejando de lado aquel pensamiento y concentrando así sus otros sentidos restantes para percibir su entorno; la brisa transmitía tranquilidad junto al calor del sol, pero todo eso se entremezclaba molestamente con la pesada energía que rodeaba a todo ese conjunto de edificaciones.

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Mensaje por Azure Gungnir el Miér Oct 07, 2015 3:44 am

Azure Gungnir, una joven adulta que a simple vista, puede verse como alguien ejemplar. Teniendo la bata puesta, está llegando al famoso psiquiátrico que desde niña le acobijó entre sus… Espantosos brazos. Teniendo un montón de libros en brazos, la pelirroja se dirige hacia el jardín del lugar, deseosa de estudiar un rato. Tal vez no por un patético amor hacia la medicina que se encuentra inexistente, sino por la valiosa necesidad de salir adelante y de ser alguien en la vida, aunque… Claro, es innegable que ésta mujer ya es más que un simple algo. La reputación que se ha ganado en el hospital es la de una típica señorita ejemplar, ayudando siempre que está a su disposición, extendiendo una mano a aquellos que lo necesitan, mostrándose dulce y compasiva. Lavando la ropa, que bien podría no hacerlo, pero que al final ayuda a seguir forjando la reputación que tanto se había esforzado en obtener.

Lo primero que hizo fue saludar al guardia. Un gesto natural que podía verse como verdadero, pero que a fin de cuentas, no era más que una vil mentira, parte de su vida cotidiana. Avanzando hacia el lugar que desea, se encuentra con una enfermera, después con un apuesto psiquiatra al que pedía… Podíamos decir, cierto apoyo con fines “educativos”. Posteriormente, vio a algunos huérfanos que con inocencia jugaban en el pasto. No se dignó en saludarlos, pero los observó, pasando de largo, como si no reparara la presencia de estos…—¡Hey! ¡Miren! ¡Es la señorita amable! —, ah… ¿Se puede respirar en la mente de uno? Porque de ser así, eso estaba haciendo nuestra Azure. Lo cierto es que, los niños no eran de su agrado, pero en más de una ocasión se había comportado como un amor, porque le conviene ”¿Quiénes serán los más influenciables y fáciles de manipular?... ¿Los niños o los enfermos? Con la inocencia de estos detestables individuos, podría pensar que ellos, pero luego, esos… Loquitos, que tan podridos del cerebro se encuentran, ya ni sé que llegar a pensar. Claro, depende del nivel de gravedad, lo sé, pero si hablamos de una forma genérica… ¿Quiénes caerán más fácil? Hay pacientes que tienden a depositar su confianza en aquellos que nos vemos como expertos en el tema, pero solo eso en el comienzo, porque una vez que comienzan a percatarse de la cruda realidad que hay en este lugar, es claro lo que sus mentes terminan realizando. Un patético intento por dar a conocer su desacuerdo, vano esfuerzo que realizan solo para ser humillados y volver a callarlos…”. Aun cuando había saludado a los niños, la mente de la estudiante estaba dando vueltas en cosas que solo a ella le interesaban. Ocio puro y en su máxima expresión, un poco peculiar ¿no es así? Analizar cuestiones como tales son cosas que resultan extrañas. A fin de cuentas, el entretenimiento de uno se basa en la realidad en la que se vive; en su propio conocimiento y en su propia razón.

Sin embargo, una acción, aparentemente insignificante, la saca de sus desarrollados pensamientos. La magia de la naturaleza, haciendo de las suyas una vez más sobre su ser. Gungnir, pese a su carencia de entendimiento hacia lo que ella llama “raza humana” (irónico, pues pertenece a la misma), logra sentir cierta tranquilidad, estado de tranquilo que significa “despreocupado y algo irresponsable”, porque a fin de cuentas, después de todo el estrés que sus obligaciones la llegan a hacer experimentar, una acción tan pequeña como el suave susurro del viento la hace relajarse. Aunque había superado una de las materias más complicadas de sus estudios —anatomía—, el reto que suponía la medicina nunca terminaba. Cargando aquellos libros pesados, busca un lugar en el cual sentarse a estudiar sin interrupciones. Los jardines, una instalación en la que se puede respirar una enfermiza tranquilidad de que muy pocas personas pueden disfrutar. Mientras avanza, observa a pacientes que vigilados se encuentran, teniendo la mirada perdida en un punto fijo. La demencia en sus ojos puede apreciarse; la falta de motivación y el anhelo por la vida común… Bueno, eso llegaba a asumir. Después de tantos años “estudiando” a los entes que le rodean, hay cosas que puede identificar con facilidad. Ha convertido su mayor enemigo, los sentimientos, en su arma de doble filo. Aprendió todo lo teórico que pudo sobre ellos estudió la reacción de sus compañeros al estar bajo el control de los mismos; observó el poder que éstos pueden poseer… Tres sencillos pasos fueron los que la llevaron a un exitoso control de aquello que no llega a comprender ¿Quién dijo que para ofrecer cierto control sobre las cosas, hay que comprenderlas? Quien haya pronunciado aquellas palabras, resulta un idiota, pues aun no conoce a ésta callada sociópata…

Cuando está a punto de tomar asiento en una de las mesas desocupadas, oyó algo que llamó su atención. Un pensamiento que no parecía proceder de un loco. Interesada y con el pesado libro de bacteriología, volteó su mirada en un agraciado gesto. Un paciente… Embargada por la curiosidad, avanzó hacia el contrario. Estaba tirado en el verde pasto. No tenía el aspecto de un enfermo mental, pero estaba segura de que sí… Tenía una característica que le hacía especial. Aun cuando en su mirada era incapaz de detectar ausencia de la realidad, se atrevía a decir que algo la intrigaba. Sin externar tan siquiera un poco de lo que pasaba por su cabeza, acomodó un rojizo mechón detrás de su oreja, observándole con su mirada de tono peridoto, una tonalidad que intrigaría a cualquier ser superficial con su hipnotizante combinación.— ¿Lo recordabas de una manera de distinta? —cuestiona de forma amable. Nadie se imaginaría lo interesada e indiferente que ésta señorita puede llegar a ser, no con una encantadora sonrisa y hermosa mirada…


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